lunes, 16 de abril de 2007

Impresionabilidad infantil y mi aborrecimiento por el chocolate

Confieso que pertenezco a una minoría generalmente despreciada y poco comprendida: La de las personas a quienes no le gusta el chocolate. Salvo por algunas excepciones, entre las que figuran las barras de chocolate de leche que no sepan demasiado a chocolate (particularmente aquellas mezcladas con nueces o caramelo fundido) y, cosa extrañísima, los brownies (siempre en pequeñas cantidades), me desagrada su sabor empalagoso, dulce y amargo a la vez.

Hay sabores achocolatos que me disgutan incluso más que otros como ¡oh sacrilegio! el del helado de chocolate, el del mousse de chocolate, el del sirope de chocolate y el de esa crema pastelera marrón que le suelen echar a las tortas de chocolate con todo y lluvia de pepitas.

En algún momento intenté educar mi paladar obteniendo algunos resultados mixtos, aunque ninguno demasiado prometedor. Incluso traté de conseguir una explicación más o menos racional a esta "anomalía" gastronómica de la que he sido sujeto. Todavía no he obtenido alguna respuesta concluyente al fenómeno, aunque recuerdo un hecho que ocurrió cuando era un niñito apenas y que debe guardar bastante relación.

En algún momento de mediados de los 80's regresó de Francia un amigo de mis tíos maternos quien se había marchado allá unas temporadas a aprender el idioma y cursar estudios de arte. Recuerdo que a su llegada se montó su primera exposición individual en Venezuela un local en Las Delicias, Maracay, que estuvo compuesta por cuadros con grandes figuras rectilíneas de colores fosforecentes. Recuerdo también que ya llegada al final de la velada el grupo de amigos del agazajado, entre los que estaban mis papás, mis tíos y yo, fue invitado a comer en un restaurant de crepes, para no desentonar con el espíritu del momento.

Me acuerdo que me relamía de gusto pensando en lo deliciosa que estaría la cena mientras leía en el menú cosas como "crema de maíz", "ajoporro" o "lomito" (los vegetales y la carne de res en cambio siempre me gustaron), pero justo cuando estuve a punto de ordenar una vieja de nariz respingada de esas que creen en que los muchachos no son gente dijo con voz chillona "a los niños por favor tráigales un mousse de chocolate". Como yo era chiquito no dije nada y así tuve que conformar con ese plato que al final no sólo no me comí sino que ya más nunca me interesé si quiera por probar.

El gusto por el chocolate no es algo que extrañe o anhele, por lo que ya es irrelevate que me guste y aunque algunas personas puedieran creer que es algo terrible, ahora que lo pienso, este hecho particular ha tenido su lado positivo, porque me ha puesto a pensar en lo cierto de ese refrán que dice "sobre gustos y colores no han escrito los autores" y en lo tolerante que uno debe ser a propósito de los gustos de terceras personas. Recordar la anécdota del mousse de chocolate también me hace reflexionar en lo suceptible que son los niños en los primeros estadios de su desarrollo al aprendizaje de conocimientos y conductas y en la responsabilidad que tienen los adultos por guiarlos apropiadamente... no vaya a ser que después no les guste comer chocolate.

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