lunes, 16 de abril de 2007

“Sí, pero es raya”

Hace algunos años trabajé en una fábrica cuya planta de producción se halla ubicada en El Piñal, un pueblo al sur del estado Táchira, muy cerca de la frontera con Colombia. El patio de silos de la fábrica en cuestión era una extensión de la verde geografía. Allí, los inmensos potreros de las haciendas ganaderas se entremezclan con parches intermitentes de bosque tropical, lagunas oscuras y algunas lomas redondeadas que le otorgan al paisaje un aspecto rollizo, tan propio de las sabanas del piedemonte andino venezolano.

Una mañana apareció sobre unos sacos una hermosa culebra verde con destellos color turquesa, como de 1 metro de largo aproximadamente, de esas que los lugareños conocen con el nombre de “bejuqueras”. La serpiente se movía con oscilaciones amplias y desesperadas, quizás intuyendo las intenciones oscuras del obrero que se acercó a su encuentro con un afilado machete. Yo le dije al tipo: “No vayas a matar a esa culebra que no es venenosa”, a lo que él me respondió lapidario: “Sí, pero es culebra”, mientras ¡Zas! le propinaba un machetazo de gracia al infeliz reptil.

Recordé esta anécdota luego de leer la siguiente nota de prensa hace unos días:

¿Venganza de seguidores de Irwin?
Varias rayas fueron encontradas en Australia muertas y con sus colas cortadas, llevando a algunos a temer que los fanáticos del recientemente fallecido naturalista Steve Irwin podrían estar cobrando venganza por su muerte.
Steve Irwin, mejor conocido como “el cazador de cocodrilos” fue un naturalista showman quien recientemente falleció en uno de sus temerarios encuentros con la fauna salvaje. Una raya lo atacó y le atravesó el corazón con la púa de su cola.

Quizás alguien le haya dicho a los retaliativos admiradores de Irwin: “No mates a esa raya, es un animal dócil que rara vez ataca a los humanos salvo que se sienta amenazado y son escasísimas las veces en que uno de estos ataques es mortal En cualquier caso somos nosotros quienes invadimos su territorio”.

“Sí, pero es raya” ¡Zas!

Fue una triste ironía la que acabó con la vida de Steve Irwin y puso en peligro la existencia de sus estimados compañeros de juegos, ahora que las rayas han pasado a la imaginería zoofóbica de la gente común como un animal asesino. Más le hubiera valido a Irwin observar la fauna salvaje de lejitos. Que descanse en paz.

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