lunes, 16 de abril de 2007

Vista aérea de la casa de Hernán

Una fría mañana de finales de septiembre de 1999 me dirigía con mi amigo Alexander hacia el camino que de La Plazuela del Manzano Alto conduce al Páramo de los Conejos, Mérida. El lugar es hermoso y muy húmedo. De las ramas de los enormes bucares cuelgan largas ristras de barbas de palo, y la densa niebla se empeña en desdibujarlo todo. Subimos por el tortuoso y empinado camino hasta un claro en el bosque donde había una pequeña planicie. Desde allí se veía claramente la aldea. La Plazuela es un pequeño y acogedor poblado con dos calles y una capilla con su placita.
Esperamos cerca de una hora a que la niebla se disipara. Con la ayuda de un machete, despejamos el sitio de moras y helechos hasta abrir un buen espacio de maniobra. Mientras, repasaba mentalmente todo el procedimiento.
Me disponía a realizar mi 18º vuelo en parapente. Todos mis anteriores vuelos los realicé en Tierra Negra, Las González, lugar que según dicen, es uno de los mejores del mundo para hacer soaring o vuelo de ladera.
Este lugar era nuevo para mi, al menos en lo que a volar se refiere, lo cual constituye un factor de riesgo adicional que te obliga a ser más preciso y cuidadoso. Para mi amigo Alex, en cambio, era bien conocido. De hecho, él lo creó y desde allí voló alrededor de 15 veces, incluida una caida con fractura de coccix.
Ambos nos dedicamos a preparar nuestros respectivos equipos. Por lo estrecho del lugar, debíamos disponernos uno delante del otro. Saqué mi ala de la mochila y comencé con la revisión rutinaria : línea por línea, banda por banda, conductores, silla de vuelo, paracaidas de reserva, bolsa de aire, etc. Una vez terminado, revisar todo de nuevo.
El miedo siempre está presente, y quien diga lo contrario miente. Hasta el más experimentado siente cierto grado de temor, antes y durante el vuelo. El temor te obliga a no confiarte, a ser cuidadoso y a estar alerta.
Ya listo el equipo, nos pusimos la silla y el casco y nos sentamos a esperar un buen ciclo de viento. En silencio, con la boca seca y con la inmensidad del vacio a nuestros pies, repasabamos el plan de vuelo: Despegue, vuelo en línea recta hasta sobrevolar una vez la casa de Hernán, viraje a la izquierda sobre el rio y enfilar hasta la cabecera de la pista de aterrizaje, perder altura y aterrizar. Sería un vuelo corto pero satisfactorio.
Cuando ya aterrizaba mentalmente por tercera vez, escuché unas voces provenientes del camino. Entre la niebla y el bosque aparecieron dos señores provenientes del páramo quienes, con dos largas cuerdas, trataban de contener a un enorme y brioso toro. Nos hicieron señas para que permanecieramos quietos y en silencio, pues el animal era demasiado bravo. Alex dijo a uno de ellos : " Señor, agarre bien su toro, que esto vale mucho real ". El señor preguntó qué ibamos a hacer. Yo contesté que íbamos a volar hasta el terreno baldío junto a la carretera. Preguntó de nuevo el señor : " ¿ Para qué ?.
Me quedé mudo y desarmado, pues no me esperaba esa pregunta. Yo mismo me la había hecho en otras ocasiones mientras volaba.
Por fin aclaró la mañana. La manga de viento y la fría brisa en mi cara me indican que es el momento de levantar con fuerza las bandas A desde atrás hacia arriba y adelante hasta tener el ala sobre mi cabeza, luego hacer un poco de presión con los conductores para que ésta se infle bien, inclinar mi cuerpo un poco hacia adelante y correr con todas mis ganas. Ya una vez en el aire, escucho ese sonido casi musical del viento entre las lineas, como si fuera el viento al pasar por entre las ramas de un pino.
Me dirijo al punto de referencia, la casa de Hernán. Al llegar allí, realizo el giro y me quedo contemplando el pueblito. La belleza del paisaje me hizo der un segundo giro. ¡ Craso error !
Los acontecimientos se precipitan. Pierdo altura rápidamente, y al cruzar la " hoya" fría del rio, pierdo aún más altura. Me doy cuenta de que no voy a llegar e inmediatamente empiezo a buscar un lugar alterno para aterrizar de emergencia. Al hallar un pequeño claro entre unos árboles, me enrrollé tres veces los conductores en las manos y frené a fondo, adoptando previamente la posición de emergencia.
El ala colapsó, y al sentir el sonido de trapo roto y el vacio en el estómago, solté un grito instintivo como último recurso.
Solo puedo decir que la bolsa de aire que recién instalé en la silla la noche anterior funcionó a la perfección. Desde entonces no he vuelto a volar, al menos en forma material, pero aprendí la lección.
Moraleja: ¡ Nunca sobrevueles más de una vez la casa de Hernán !

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