lunes, 15 de octubre de 2007

Todos somos economistas (unos menos que otros)

Cuando salí de bachillerato tuve enormes dificultades para escoger la carrera que estudiaría en mi futura vida de universitario. Marco, un amigo de mi tío Nel, bromeaba diciendo que era mejor que me decidiera rápido porque ya se me estaban acabando los reinos para escoger (refiriéndose a los reinos animal, vegetal y mineral). Durante ese periodo de indecisión me tenté a mi mismo muchas veces y me emocioné sinceramente pensando en que ya había conseguido el camino hacia mi verdadera vocación. Una de esas veces fue cuando proclamé ante todos que sería economista.

Recuerdo la cara de mi papá, una mezcla de compasión y asombro divertido. Él me hubiera apoyado para que yo estudiase para ejercer cualquier oficio o profesión decente, pero en esta ocasión demostró que me conocía tan bien como cualquier padre puede conocer a un hijo adolescente confundido. No hizo demasiados esfuerzos para convencerme de que la economía no era precisamente lo mío, solamente lanzó un apotegma lapidario que me sembró una duda definitiva y después de nuestra brevísima charla me quedé pensando si quizás no sería mejor estudiar acuacultura marina, antropología, bioquímica o diseño gráfico.

A la final me decidí por la Ingeniería Informática. Todavía dudé tiempo en si era esa la elección correcta, pero me consolé pensando en que "la informática da para todo" y eventualmente comprendí que el camino que tomé fue el más acertado. En ocasiones, durante aquellos momentos de auto-cuestionamiento, me imaginaba a mi mismo como un economista, porque en el fondo era algo que sinceramente me atraía. Aunque debo decir también que a veces me imaginaba a mi mismo como acuacultor, antropólogo, bioquímico o diseñador gráfico.

Me acordé de los economistas esta mañana porque se me ocurrió escribir algunas consideraciones elementales sobre el tema del bolívar fuerte. Como ya lo dije, no estudié economía y no soy experto en la materia. Por supuesto, es mi blog y puedo escribir sobre lo que me de la gana, incluyendo cuestiones elementales de economía, pero cabe la pregunta ¿por qué sobre el bolívar fuerte y no sobre los estudios comparativos de los métodos de posicionamiento de tubos endotraqueales en niños?

Aparte de que el tema de la reconversión monetaria está sobre el tapete de la opinión pública venezolana actual y de que es algo que afecta directamente nuestras vidas, cada uno de nosotros se precia de tener un pequeño economista dentro que es el que se encarga de sacar las cuentas y planificar las finanzas personales. Eso, y las lecturas dominicales de la prensa y alguno que otro programa de opinión que escuchamos por ahí pareciera que nos otorgara la sapiencia y profundidad que requerimos para opinar con profundidad sobre los avatares de la política monetaria nacional.

Pero hablando claro, esa faceta ingrata de la economía como área de estudio - la opinadera descontrolada de cualquiera que sabe mejor que los demás cómo es que saca al país adelante - tiene su origen casi exclusivo en la actuación de los mismos economistas.

En primer lugar da la impresión que existe entre ellos un sentido de antisolidaridad natural que busca exhibirse y retroalimentarse ante los ojos de todos los legos, casi siempre en un medio de comunicación masiva como la televisión. Tienes en un lado de la pantalla a un seguidor de la escuela de Chicago y al otro lado un seguidor de la escuela de Katmandú. Uno de ellos sacará un gráfico de barras y dirá al público que los precios están subiendo y que eso es malo y el otro agarrará el mismo gráfico del primero y les dirá que sí, que los precios están subiendo pero que eso es bueno. Luego los dos se enfrascarán en una discusión apreciativa sobre si el crecimiento muestra una tendencia creciente o decreciente, que si la distribución es platicúrtica o leptocúrtica y que si estamos mal pero vamos bien o si estamos bien pero estamos mal.

El segundo problema de los economistas es la ineludible relación amor-odio de sus estudios con eso que se denomina ceteris paribus. Los fenómenos que estudian las ciencias sociales (no sólo la economía) son tan complejos e involucran tantas variables que para poder estudiarlos se requiere hacer simplificaciones enormes de la realidad. Estas simplificaciones necesarias para el estudio de los fenómenos y la formulación de modelos, muestran una realidad idealizada, impoluta y carente de excepciones, de acuerdo con postulados ceteris paribus. El problema es que la vida es perfectamente imperfecta y caótica y, si existe la posibilidad de que algo salga mal, así será.

El aumento del precio de la gasolina en Venezuela es un ejemplo clásico. Hacerlo no sólo es una medida económica sensata sino necesaria (sobre ello he escrito en algunos ocasiones), pero ¿que cosas no? cuando un gobierno aumenta el precio de la gasolina por el motivo que sea sin tomar unas medidas complementarias que reduzcan el impacto del incremento, la gente sale a la calle a protestar, como ocurrió acá en 1989 y como ha ocurrido en la mayoría de los países en donde se decretan medidas similares. ¿Y a quién le toca pagar los platos rotos? Por supuesto que al genial equipo de economistas que se les ocurrió tan brillante idea y específicamente del #%!@/$ que está de Ministro de Economía y Finanzas.

Es acá donde surge el tercer elemento que juega en contra de la labor que estos profesionales desempeñan y que uno pudiera pensar que escapa de sus manos, por ser una cuestión de percepción, pero las mentes del ciudadano vulgar ya fue alimentada por años y años con debates televisivos económisticamente antisolidarios y de tantas medidas extrictamente ceteris-paribusianas. Suponga que usted contrata un cirujano plástico con buenas credenciales para que le haga una rinoplastia y cuando se quita las vendas se da cuenta de que le dejó la nariz más choreta de lo que estaba ¿De quién es la culpa? Del cirujano, claro está. Pero si usted va al supermercado y se da cuenta de que escasea la carne y que la poquita que se consigue cuesta un ojo de la cara ¿De quién es la culpa? Pudiera ser de agentes aduanales irresponsables que dejaron entrar al país vacas con fiebre aftosa, pudiera ser de los ganaderos todavía emplean prácticas de producción extensiva sacadas de un libro de Rómulo Gallegos, pudiera ser que el gremio de carniceros se puso de acuerdo para aumentar el precio de la carne y no hay donde más comprar, en fin, pudiera ser cualquier cosa. Pero a la mente de más de uno llegará nuevamente el nombre del #%!@/$ que está en el ministerio.

¿Qué se puede hacer al respecto? No lo sé, la verdad. Supongo que los economistas tendrán que ponerse de acuerdo y mejorar la forma como se comunican con las masas.

Y yo me fui por las ramas hablando de economía y economistas y yo lo único que quería decir es que tener una moneda débil o fuerte era buena o mala dependiendo de lo que se busque: Una moneda fuerte disminuye el peso de la deuda externa y hace que las importaciones de bienes de capital (los que sirven para producir otros bienes) sea barata, pero disminuye la competitividad de los productos de exportación y por el contrario, hace que sea más barato comprar todo afuera en vez de producirlo acá. Para algunas (grandes) potencias es conveniente tener una moneda fuerte porque ella se convierte en un refugio para inversionistas y obliga a que las transacciones internacionales se lleven a cabo en ella (por ejemplo, la compra y venta de petróleo en dólares). Puedes incluso tener tu propia máquina de hacer dinero y endeudarte eternamente para gastar y gastar, aunque eso eventualmente debilitaría la moneda (como está pasando con el dólar).Una moneda débil en cambio hace que tu deuda externa cueste mucho más nominalmente, pero también hace que los productos elaborados en el país les resulten más baratos a los de otros países ("¿para qué vamos a producir jabones de tocador acá si es mejor traerlos de Venezuela que nos sale tan barato?") y se favorece la exportación. Algunos países como Colombia y México, que tienen tantos personas viviendo expatriadas y que envían remesas de dinero a sus hogares de origen, les conviene tener la moneda devaluada por este motivo: Los mismos dólares que mandan a casa se cambian por muchos más pesitos que si la moneda fuera fuerte.

1 comentario:

nel dijo...

Recuerdo claramente el episodio narrado, mientras estabamos en la casa de Marco en Calicanto, comiendo torta. Entre la opciones que recuerdo están biología marina e ingeniería genética.
Estoy seguro que en cualquiera de ellas habrias tenido exito.
Salud