miércoles, 21 de septiembre de 2011

En defensa del conuco (parte 3): Auge, crisis y transformación del kibutz como modelo de referencia

Hace algún tiempo escribí un par de artículos en este blog en donde exponía mi defensa del conuco (la chacra, la granja). Los puntos que traté entonces pueden resumirse así:
  1. Los sistemas de explotación agropecuarios industrializados que en la actualidad proveen los alimentos para la mayoría de la gente tienen como efectos secundarios un conjunto amplio de problemas relacionados con la generación y manejo de los desechos, desforestación y desertización de grandes extensiones de tierras y despilfarro de recursos energéticos.
  2. En Venezuela, país con un porcentaje de población urbana es mayor al 90%, la figura de las pequeñas unidades de producción agropecuaria se desdeña. El "conuco", tal y como se nos enseña desde la escuela, se asocia con agricultura de subsistencia y con prácticas nocivas al ambiente como la "tala y quema".
  3. La agricultura en pequeña escala es un mecanismo que sirve para mejorar la calidad de vida de muchas personas puesto que provee alimentación y empleo.
  4. De forma conjunta, grupos organizados de pequeños productores pueden generar excedentes aprovechables de forma industrial y semi-industrial.
  5. La agricultura en pequeña escala a través de granjas integrales (conucos) tiene amplios beneficios adicionales: preservación de la biodiversidad, protección de bosques y suelos, descongestionamiento de las ciudades, reducción de la basura, entre otros.
Sé que a muchas personas no termina de sonarle la idea y es bastante lógico.

Hace algún tiempo mi papá y yo trabajamos en un proyecto conjunto para la elaboración de alimentos balanceados para animales con materias primas locales. La idea detrás del proyecto, aunque pueda parecer mentira, es un concepto bastante innovador por cuestiones propias de cómo está estructurado el mercado en Venezuela. Uno de los grandes retos consistía precisamente en conseguir esas materias primas locales por lo que se hacían propuestas para la siembra y cosecha de tal o tal rubro que muchos productores no estaban dispuestos si quiera a considerar. Incluso entre los trabajadores del campo hay que respetar la vocación productiva.

Que decir entonces del venezolano medio que tiene enquistado en su cabeza el paradigma de las enormes plantaciones tecnificadas que producen eficientemente la comida que hemos de comer en nuestros citadinos hogares. Si no hay un trabajo importante de educación para empezar a transformar estas ideas arraigadas difícilmente puede empezarse a pensar en la viabilidad de convertir los conucos en una fuente de riqueza para el país y convencer a un grupo significativo de personas de dedicarse a labores de producción agrícola y hacerlo por convencimiento y vocación propias.

Habría que empezar buscando casos de éxito que puedan ser emulados y se me ocurrió que debería hacer referencia al kibutz, un modelo de comunas agrícolas que se originaron en Israel y que han ejercido un papel fundamental en el desarrollo del Estado tanto económica como socio-políticamente hablando.

Luego de la segunda guerra mundial, los pioneros judíos que se establecieron en el recién creado Estado de Israel comenzaron a agruparse en comunas agrícolas colonizadoras para transformar la tierra pero también para ejercer la soberanía sobre ella. Estos primeros kibutzim funcionaron bajo un esquema estrictamente socialista. Las comunidades operaban bajo un modelo de democracia directa; el reparto de los obligaciones y beneficios se hacía bajo el principio "de cada cual conforme a sus posibilidades, a cada cual conforme a sus necesidades"; el trabajo manual en sí mismo era una fuente de auto-realización y afirmación de su compromiso con la sociedad.

De más está decir que fuerte compromiso ideológico, fortalecido por la idea misma de tener una nación propia, fue la permitió el desarrollo de los kibutzim, aunque es importante aclarar que no todas las iniciativas fueron exitosas y muchas de ellas simplemente se disolvieron.

Décadas después ocurrió una crisis importante del modelo en la que comenzaron a revaluarse el rol de los miembros dentro de la comuna, su papel como entes productivos y generadores de riqueza, el grado de libertad individual y económica, e incluso la efectividad de la democracia directa versus la democracia representativa. Esto coincidió con el ascenso mundial de la derecha y el neoliberalismo a finales de los 70 y principios de los 80 (Reagan en EEUU, Thatcher en el Reino Unido, Menájem Beguim y el partido Likud en Israel).

De esta crisis, que se extendió por muchos años, surgieron corrientes distintas en la implantación del modelo, en un extremo de las cuales está el kibutz ortodoxo que propugna los valores tradicionales socialistas como esencia misma de la comunidad, y en el otro el kibutz absolutamente privatizado donde la cohesión social es casi inexistente. Las kibutzim que pertenecen a esta última corriente, hay que decirlo, lo más seguro es que dejen de serlo del todo en un futuro más o menos cercano.

Ahora bien, más allá de las diferencias operativas y las discusiones ideológicas que puedan darse en torno al funcionamiento de una comunidad agrícola como el kibutz, a su vez conformada por núcleos más pequeños de producción agrícolas (que yo he denominado conucos pero que usted puede nombrar como desee) hay distintos elementos comunes y beneficios que son innegables:

Generación de riqueza y seguridad alimentaria
La contribución de los kibutzim a la producción del país, tanto en la agricultura (33 por ciento de la producción agropecuaria) como en la industria (6,3 por ciento de los productos manufacturados) es mucho mayor que su proporción de la población (2,5 por ciento).

En los últimos años, un número cada vez mayor de kibutzim se han transformado en centros turísticos, con servicios recreativos, tales como hospederías, piletas de natación, facilidades de equitación, canchas de tenis, museos, granjas de animales exóticos y parque acuáticos para el visitante israelí y los turistas extranjeros.
Tomando en cuenta todos estos factores, las diferentes corrientes coinciden en que la calidad de vida en su sentido más amplio se obtiene a través de la vida en comunidad, y un equilibrio correcto entre el área comunal y la personal, aunque difieren en los grados de equilibrio posibles o permitidos, especialmente en el nivel económico. Es posible decir que el kibutz ha dejado de intentar la concreción del socialismo (a nivel nacional) para centrarse en el “comunitarismo” a nivel local.

La comunidad del kibutz abarca y es responsable por todos los órdenes de la vida: economía, sociedad, educación, salud, cultura y esparcimiento, medio ambiente, y sucesivamente, mientras que el miembro o generalmente el núcleo familiar, es responsable de elegir el balance adecuado para sí mismo en las distintas etapas de la vida.
De forma adecuadamente estructurada contribuirían a mejorar muchos otros problemas que anteriormente había señalado: descongestionamiento de ciudades, consumo energético, gestión de desechos, agricultura sustentable y protección de la biodiversidad. Incluso me atrevería a añadir un beneficio potencial que aplica concretamente al caso venezolano:

El escritor, psicólogo e historiador Francisco Herrera Luque propuso en uno de los episodios de sus Historias Fabuladas que un buen mecanismo para el ejercicio de la soberanía nacional era a través de la población de las fronteras. En el caso de los kibutzim, fueron inmigrantes europeos los que establecieron colonias agropecuarias permanentes que ampliaron y dinamizaron las fronteras israelíes. Herrera Luque, por su parte, propuso que en primera instancia estas colonias se crearan a partir del traslado de la población carcelaria nacional a pequeños poblados en los límites con Guyana y Brasil que ayude a consolidar el control de Venezuela sobre sus fronteras.

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